EL DÍA QUE PERDÍ A MIS ESTUDIANTES

PUBLICADO:Viernes 18 de Diciembre, 2020
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EL DÍA QUE PERDÍ A MIS ESTUDIANTES
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Carlos Hernán Saraza Naranjo ocupó el tercer lugar en la categoría Ensayo del Concurso Nacional de Escritura con este artículo:

EL DÍA QUE PERDÍ A MIS ESTUDIANTES

He sido docente desde niño, desde aquellos momentos de juego en los que me dedicaba a ser el profesor de mis hermanos y ellos, siguiendo los acuerdos, se acomodaban a mi improvisada pedagogía infantil.  Fueron horas y horas de distracción que, de alguna manera perfilaron mi gusto por la docencia y me llevaron primero a formarme como bachiller pedagógico, periodo en el cual fui profesor de algunos de mis hermanos menores, ahora sí en serio, como resultado de la práctica docente;  y luego como licenciado en Matemáticas y Física.  Da nada valieron los consejos de mi padre quien, seguramente con mayor experiencia, me insinuaba que ser docente era sinónimo de  pobreza para toda la vida y que esta era una profesión ingrata.

Nada valió. Pudo más mi deseo por compartir, primero con niños de una escuela anexa, donde se desarrollaba la práctica docente y después con jóvenes de colegios y de universidades. Dos cualidades, que aprendí fácilmente de mis maestros como distintivo de quien con pasión se decide por ser docente, han guiado mi trabajo: la paciencia y el gusto por la enseñanza.  La primera me ha resultado indispensable especialmente porque mi campo de trabajo son los números, para los cuales los estudiantes mantienen, casi generalizadamente, más prevención que afición; la segunda permite que el antes, el durante y el después de la clase sean de gozo y eso se transmite a los estudiantes logrando que ellos también quieran compartir los momentos de encuentro.

No desconozco que hay muchas otras cualidades que deben acompañar a un docente, que van desde el dominio de los temas a compartir, hasta la capacidad para entender el comportamiento humano que obliga a tener claro que cada estudiante es un mundo rodeado de familia, de dificultades, de expectativas, de intereses, de aversiones,  de incomodidades, de sueños, en fin, un entramado difícil de comprender y más difícil de complacer. Pero quiero centrarme en algunas ideas que me parecen coherentes para este escrito:

 “Los buenos maestros son humanos, amigables y comprensivos; saben construir un ambiente agradable y estimulante en el salón y en la escuela. Un buen maestro tiene un concepto positivo de sí mismo y de su trabajo; esto es que cree en sí mismo como persona y como maestro, que está seguro de que con su quehacer está promoviendo y fortaleciendo el desarrollo físico, intelectual, afectivo, social y moral de sus alumnos. Un buen docente, siempre está evolucionando, siempre está aprendiendo. Cuando un docente no está ya dispuesto a aprender, está acabado, como maestro y como persona”. VÁSQUEZ, 2008.[1]

Entro a clase con alegría, quiero ver a mis estudiantes, quiero ser testigo de su llegada (alegre, triste, dubitativa, parsimoniosa, rauda), de la manera como se vistió para la ocasión, de su trato con los compañeros, de cómo me saluda al llegar y al salir. Me agrada verlos en clase, sus rostros los delatan y me permiten saber si están cómodos o si, por el contrario, están siendo víctimas de un martirio del cual yo soy responsable como protagonista de primer orden.  Cuando fruncen el ceño, me están enviando un mensaje, ¡s.o.s profe!,   estoy perdido.

No puedo afirmar que soy un buen docente, pero ¡Cómo disfruto de los momentos de clase, de qué manera los vivo!, se constituyen en espacios de pleno regocijo.   

Es por todo esto que lamento el día que perdí a mis estudiantes, el día que un absurdo virus me dijo, no los verás por un tiempo, tendrás que acostumbrarte a tenerlos en una pantalla, sin sentirlos, sin tener contacto con sus emociones, sin tener derecho a contagiarte de su juventud, de sus ganas de vivir, de su alegría.  Sí,  yo sé que están allí pero no los veo reír, no escucho sus susurros de clase, no puedo verlos llegar tarde, no puedo apreciar sus vestidos. 

Ese día perdí la esencia de mi profesión: el gusto por verlos. Ese día cercenaron mis mejores momentos, es cierto que hago mi mejor esfuerzo desde la virtualidad pero, no los encuentro; los escucho a raticos, pero no logro sentirlos y eso me angustia, me deja un sin sabor que aún no logro superar.  

Ignoro cuánto tiempo más tendré que esperar, mientras tanto mis días transcurren en preparar las clases desde otras estrategias, en imaginar cómo puedo seguir contribuyendo a su formación profesional y personal, cómo puedo transmitirles mensajes de vida, porque ¿qué es el docente si no un modelo a seguir, un ejemplo del que los estudiantes copian y apropian lo que consideran importante para sus vidas? Tal vez no lo pensamos mucho, pero el estudiante sigue a sus docentes como sigue una publicación en las redes, y tiene sus preferencias.  Es cierto que no se atreve a decir me gusta, como lo escribe en su celular o en su computador, pero en su alma hay un sentimiento de querer ser y hacer lo que es y lo que hace tal o cual docente.

Amo las palabras porque vuelan sin límite, porque llevan los mensajes sin ataduras, porque no necesitan cuerpo para apasionar, porque dichas o escritas tienen capacidad de conmover. En consecuencia, ahora busco esas palabras que me ayuden a mostrarles a los estudiantes cuánto me interesan, cómo los extraño, qué mensajes quiero dejarles, cuánto los necesito para tener una razón más de vida. Esas palabras que remplacen mis movimientos en el aula, mis sentimientos, mis deseos por transformar sus personalidades, en fin, palabras que, dichas con precisión, mantengan viva una relación que nunca podrá ser igual desde la virtualidad.   

Con esas palabras estoy enviando a mis estudiantes  un mensaje que dice “Sigamos haciendo bien nuestra labor, yo tratando de mostrarles las rutas y ustedes poniendo el mejor empeño  por apropiar mis enseñanzas.  Mañana, cuando nos encontremos, espero volver a sentir que estoy realmente vivo. Quiero que sepan que los estimo, los valoro, los respeto, los aprecio y los extraño”.  

[1] ¿Cómo reconocemos a un buen maestro? GUTIERREZ VAZQUEZ, Juan Manuel.RMIE [online]. 2008, vol.13, n.39, pp.1299-1303. ISSN 1405-6666.

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Comentarios

Jhon Rincón
Lunes 21 de Diciembre, 2020
Como compañero suyo Carlos, reconozco su grandísimas calidades como persona, funcionario y su admirable pasión por la docencia, pocas personas como Ud. tiene la paciencia y amor por transmitir y entregar lo mejor de si, su trabajo incansable y desinteresado, lo colocan como un ser admirable y respetable. Mil Felicitaciones.
Claudia Perez Botero
Domingo 20 de Diciembre, 2020
Felicitaciones Carlos Hernan. Mi profe de matematicas que siempre estara en mi corazon. Siempre recuerdo su calida sonrisa y su entendimiento a mi 'no entendimiento' de las matematicas. Gracias. Claudia Perez Botero
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